EKATI o el infierno helado
National Geographic realizó en 2012 un documental sobre la gélida
Ekati. Situada
en el límite del Ártico canadiense, Ekati es una de las minas más remotas del
mundo: se encuentra a unos 200 km al sur del Círculo
Polar Ártico, y a 310 km al noreste de Yellowknife. The Ekati Diamond Mine es la primera mina de diamantes canadiense y
produce alrededor del 6% de los diamantes que se venden en el mundo. Los diamantes de Ekati se encuentran en el
interior de unas chimeneas de kimberlita que datan de hace 45 a 62 millones de
años.
En 1991, una primera chimenea
de kimberlita rica en diamantes fue descubierta en el lago Point, en Canada; en octubre de 1998, Ekati comenzó a ser explotada oficialmente por BHP
Billiton Canada Inc., y en noviembre de 2012 se estimó que podría seguir
operativa hasta 2023 por lo menos.
Las imágenes aéreas de ese mundo
invernal, recubierto de un manto que fue blanco y ahora es grisáceo como grasa de ballena, son
sobrecogedoras: unas bocas perfectamente esféricas se hunden en el suelo, como
pirámides invertidas, y dentro de esos conos se lucha sin descanso, día y
noche, en medio de un paisaje fantasmagórico que asemeja las gradas de un
anfiteatro. Pero en lugar de gladiadores y leones, unos pesados dinosaurios
amarillos se enfrentan a diminutos geypermans vestidos de monos naranjas: son
las megaexcavadoras accionadas por unos pocos obreros que tal vez dejarían de hacer lo que hacen si estuvieran cuerdos.
De cuando en cuando una explosión sacude la superficie como un seismo
controlado y el suelo se hace añicos y se desintegra en cientos de adoquines irregulares
que caen ordenadamente. Las máquinas mastodónticas se
mueven parsimoniosas como moscas sobre la superficie de una fruta madura, y sus
microscópicos domadores no se arredran ante las bestias a las que se enfrentan. Todo parece perfectamente engrasado
y ninguno de esos hombres que trabajan allí, seguramente por necesidad, o por codicia,
aparenta miedo ni dolor ni remordimiento alguno, ni preocupación por su
integridad física, ni por los quebrantos de salud que a buen seguro les
aquejarán en el futuro.
El
espectador, en cambio, hace largo rato ya que ha dejado de respirar apaciblemente.
También ha dejado de mirar con pasividad, y su interés seudocientífico se ha
ido tornando en asombro, en angustia, en indignación. La inquietud que produce
contemplar lo más parecido a la fragua de Vulcano, ese universo subterráneo y
helado, lleno de estruendo horrísono y humos letales y cataclismos, en el que los
seres humanos se enfrentan en desigual combate a las máquinas y a las fuerzas
de la naturaleza, se convierte en incredulidad por la destrucción
innecesaria, frívola, irreversible, de un territorio inerme: la Tierra, ese
animal herido de muerte, no podrá nunca defenderse de sus agresores, pero un día se tomará la revancha.