jueves, 13 de enero de 2011

El buen salvaje visionario


Henry David Thoreau podría ser el héroe de todos los niños que han soñado en vivir en una casita escondida entre las ramas de un árbol: en 1845 construyó con sus propias manos una cabaña cerca del lago Walden, en Massachusetts, y allí vivió dos años al aire libre, cultivando sus alimentos y erigiéndose así en el primer ecologista de la Historia. Quería, al parecer, experimentar la vida en la naturaleza para liberarse de las esclavitudes de la sociedad industrial, y demostrar que los lujos son innecesarios impedimentos.

Pero Thoreau fue también un pionero de la desobediencia civil: se negó a pagar sus impuestos (alegando que se oponía a colaborar con un Estado que mantenía el régimen de esclavitud y emprendía guerras injustificadas), por lo que fue detenido y encarcelado. De este hecho nace su tratado “La desobediencia civil”, publicado en 1866. En este texto declara uno de los conceptos principales de su ideología: la idea de que el gobierno no debe tener más poder que el que los ciudadanos estén dispuestos a concederle. Critica y acusa a la sociedad estadounidense de haberse dejado llevar por un conformismo material, olvidando así el ejercicio del derecho a la rebelión, y denuncia la falta de responsabilidad individual que desemboca en un Estado que acaba por convertirse en el opresor de aquellos a los cuales se debe.

No insinúo con esto que nadie debe dejar de pagar sus impuestos. Al contrario: además de depauperar a sus empleados públicos, a sus desempleados y a sus pensionistas, los Gobiernos occidentales deberían perseguir con mayor eficacia el fraude fiscal como medio de mejorar sus finanzas. Pero no está de más reflexionar sobre las ideas premonitorias de Thoreau. Su “Desobediencia Civil” viene a negar que la obediencia sea necesariamente una virtud: cuando algo en el sistema funciona mal, el individuo tiene el derecho y la responsabilidad de desobedecer y rebelarse.

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